viernes, 16 de enero de 2009

LA CARICIA DEL CACIQUE

UN CUENTO PARA MIS AMIGAS DEL LICEO
Mi tiempo de invierno en Galicia se acerca al final. En pocas horas rodaremos por la autovía camino de Madrid. Aún no me he ido y ya estoy soñando con volver. Y ello pese a lo mucho que también me ata a la capital de España: familia, amistades y todo el núcleo de una vida desarrollada en sus espacios. Pero las raíces tiran siempre con fuerza, y el calor de los últimos años de este casi retorno las ha fortalecido. La consecuencia es arrastrar el corazón dividido por la daga de una indecisión irresoluble. Del deseo de la ubicuidad absoluta ¡vano empeño! Porque solo hay una insuficiente solución para mi problema, apresar con mis dos manos todos mis afectos, colocarlos al amparo de mi pecho, cerca del músculo que bombea la vida, y transportarlos allá donde me lleven las circunstancias de mi destino.
Ourense, por si alguien lo ignoraba, es la ciudad donde he nacido, el lugar al que más vuelvo, donde encuentro, cada vez que la frecuento, agradable cobijo.
Ourense ha sido, hasta ahora, donde primero se han presentado mis libros, porque es lugar de letras, de letras y de aguas. De aficiones literarias y termales. De ríos, de árboles.
En el abierto y hermoso espacio del Liceo se desarrolla todos los lunes una tertulia literaria. Un grupo de mujeres interesantes, que aman la novela y la poesía, que hacen suyo cualquier tema de actualidad interesante. Que saben de amistad y de finezas. Y que no dudan de disfrutar de vez en cuando, y en literaria compañía, del placer de una buena cocina. Un grupo de gente encantadora, que me ha acogido hace algún tiempo con gran gentileza, y con quienes he compartido muy recientemente una animada cena. Y como corresponde a alguien que ha escrito Placeres recuperados, me he sentido obligada a dedicarles un cuento. Lo escribí para ellas sobre la base de una anécdota real acontecida a una de sus líderes. Tal vez a su líder más destacada. Una persona especial, singular y entrañable, que me regala el tesoro de su amistad y de sus múltiples y ricas experiencias.
Para estas mujeres, con ilusión y cariño escribí el siguiente relato.

LA CARICIA DEL CACIQUE
La pradera rodea la casa como una gran alfombra inclinada, verde y brillante, ligeramente húmeda por la lluvia reciente, como acariciada por un orballo matutino, aunque sea media tarde. El sol que luce con fuerza después del chubasco, juega tímidamente con las últimas gotas de agua, pequeñas pompas relucientes, suspendidas en el extremo de las finas hojas de hierba. La multitud aparece dispersa en sentido ascendente o descendente, según el punto de mira, en el entorno amplio de la casa. Una gran casa, al menos por el aspecto exterior, en la que destaca la combinación de ricas maderas con paramentos de granito. Algo peculiar en Galicia, muy propio de una clase acomodada que conjuga modernidad y tradición con bastante acierto, pero casi siempre en lo particular y en beneficio propio.
La gente, endomingada, charla en pequeños grupos, animadamente, los paraguas convenientemente plegados y los saludos, rápidos, volando cordiales de un lado a otro del amplio espacio. Parece una reunión festiva, pero se trata de un entierro. O de los momentos previos al inicio del cortejo, que llevará al cementerio a un notable de la comarca cuyos despojos han sido velados en alguna dependencia de su casa, aunque ya casi se ha extinguido la costumbre.
Entre la gente que entra y sale del domicilio, que se detiene en la pequeña planicie de la entrada o se dispersa por la colina en que se asienta la casa, camina Ángela, bien pertrechada de elegante bolso y gran paraguas. Saluda a diestra y siniestra en voz alta, aunque mesurada, a la par que intercambia comentarios muy quedos con la amiga que la acompaña .
Ángela es un personaje en sí, aunque ella viva algo fijada en la gloria de sus ancestros. Es culta, dicharachera, viajada, tierna.... y viste siempre impecable y a la última, como demanda la tradición de su ciudad de origen, aunque ha pasado media vida en diversos lugares de Europa. Su trayectoria es tan poco común como su vitalidad, y su aura la hace visible en cualquier lugar. Tal vez por ello, demasiadas veces, huya discretamente del contacto humano para disfrutar momentos íntimos de soledad, aunque le duran poco, ya que no hay acontecimiento interesante del que no se entere ni que se pierda, ya sea cultural o social. Y en el caso que nos ocupa, participa en una ceremonia amistosa de despedida, en el adiós a alguien que ha rozado su afecto o su trayectoria. Alguien con la suficiente proyección como para atraer al acontecimiento a bastantes notables de la provincia. Ángela los conoce a todos. O casi. No importa si hay o no trato Los conoce y es conocida. No en vano hemos dicho que, se lo crea o no, y no solo por la historia que la precede, es un personaje. Pero no el único en este cuadro campestre que no es una pintura, que es una escena viva, con múltiples actores en movimiento en el que destacan diversas figuras. Aunque ninguna como la de don Camilo. Don Camilo es bajo y regordete, y por más que siempre vaya bien trajeado, no pierde cierto aire de campo. Esto no es en si bueno ni malo. Solo es una nota de su persona que sabe utilizar en su provecho tanto... como cualquiera de los dones que le ha regalado la naturaleza, y que en cuestiones de listeza y labia no son pocos. Más bien son tantos que le permiten tener a media provincia en un puño, aunque tal vez se pueda decir entera y el desconocimiento nos haga quedarnos cortos en la apreciación. Durante décadas ha ofrecido, insinuado y repartido, prebendas y favores de diverso calibre. Siempre muy inferiores a las contrapartidas recibidas. Como político avezado ha manejado presupuestos y voluntades consiguiendo la complacencia de muchos, la disculpa de algunos, y la indiferencia de una multitud. Es todo un personaje de hoy fundido en el bronce del cacique de antaño, que en este entierro o prolegómenos de tal, reparte abrazos y saludos y sonrisas a todos y todas las asistentes, sin reparar en las afinidades, porque don Camilo sabe muy bien lo que se hace en público, no en vano lleva a cuestas décadas de entrenamiento.
De modo que, precedido de sus acólitos inseparables, avanza por la pradera que circunda la casa, deteniéndose los instantes justos en el saludo, acercándose a la entrada del velatorio. En un pequeño rodeo se tropieza con Ángela. Nunca han hablado, pero eso poco importa porque que se conocen. Ambos saben quién es quién. Y también las diferencias o las afinidades que representan, y esta es la ocasión para ofrecer a su público la cara campechana y tolerante. Don Camilo se acerca y saluda efusivamente a Ángela, cambia con ella las oportunas palabras de cortesía, excediéndose intencionadamente en los segundos, y antes de proseguir su ruta, ante la toda la concurrencia que no pierde detalle, se despide del otro personaje del modo más entrañable. Sonriente, levanta su mano derecha, que por algo es del todo y en todo diestro, y suavemente le palmea las posaderas con un cariñoso y tierno azote.
--¡hale, adiós!
Ángela disimula abriendo el bolso, buscando algo tal vez inexistente en el interior. Su amiga refunfuña algo así como “quién es este para tocarte el culo”. El publico está mirando ya hacia otro lado y una carroza fúnebre se acerca a la casa poniendo una mancha oscura en el entorno verde, mientras el sol sigue jugando con las últimas gotas de lluvia reciente, que se empeñan en mantenerse al filo de las hojas, siempre finas y largas, de la hierba que no ha sido aún hollada por los asistentes.
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María Jesús González Vázquez. AUTORA.

Para las integrantes del tertulia del Liceo de Ourense.
Con reconocimiento y cariño.
Ourense 8 de enero de 2009

7 comentarios:

París dijo...

Cuantos Don Camilos sigue habiendo... y los que nos quedan pese a que han perdido por el camino sus modales. O no.
Son zafios, burdos, fanfarrones y hasta pendencieros.
Se sirven de todo y de todos. Gozan de cierto prestigio y transmiten sus habilidades de padres a hijos. Ocupan'sus puestos' creyendolos definitivamente suyos y de sus descendientes.
Pero quedemonos con la belleza del relato, con el entorno descrito y con la incognita de Angela.
Un abrazo

Maria Jesus dijo...

Muchas gracias Paris.Me encanta percibir tus señales de vida.Pero puedo decirte "y te digo" que Ángela es una realidad deliciosa y sorprendente.
Marisú.

Yago dijo...

No sé por qué pero esos Don Camilos me hacen pensar en la ley del Talión... no quiero decir qué haría yo con esos personajillos...

Besos

Yago dijo...

Maravilloso cuento, añado, por cierto.

David Carrascosa dijo...

"arrastrar el corazón dividido por la daga de una indecisión irresoluble". Nunca unas palabras ha cortado, en le buen sentido de la palabra, tanto.

Bueno, ahora te tenemos en Madrid!!

Nos vemos

Anónimo dijo...

Baltar no es tan bruto.

Maria Jesus dijo...

No conozco ni al/la comentarista, pero tampoco a Baltar.
Le agradezcosu comentario.
María jesús González