viernes, 16 de enero de 2009

LA CARICIA DEL CACIQUE

UN CUENTO PARA MIS AMIGAS DEL LICEO
Mi tiempo de invierno en Galicia se acerca al final. En pocas horas rodaremos por la autovía camino de Madrid. Aún no me he ido y ya estoy soñando con volver. Y ello pese a lo mucho que también me ata a la capital de España: familia, amistades y todo el núcleo de una vida desarrollada en sus espacios. Pero las raíces tiran siempre con fuerza, y el calor de los últimos años de este casi retorno las ha fortalecido. La consecuencia es arrastrar el corazón dividido por la daga de una indecisión irresoluble. Del deseo de la ubicuidad absoluta ¡vano empeño! Porque solo hay una insuficiente solución para mi problema, apresar con mis dos manos todos mis afectos, colocarlos al amparo de mi pecho, cerca del músculo que bombea la vida, y transportarlos allá donde me lleven las circunstancias de mi destino.
Ourense, por si alguien lo ignoraba, es la ciudad donde he nacido, el lugar al que más vuelvo, donde encuentro, cada vez que la frecuento, agradable cobijo.
Ourense ha sido, hasta ahora, donde primero se han presentado mis libros, porque es lugar de letras, de letras y de aguas. De aficiones literarias y termales. De ríos, de árboles.
En el abierto y hermoso espacio del Liceo se desarrolla todos los lunes una tertulia literaria. Un grupo de mujeres interesantes, que aman la novela y la poesía, que hacen suyo cualquier tema de actualidad interesante. Que saben de amistad y de finezas. Y que no dudan de disfrutar de vez en cuando, y en literaria compañía, del placer de una buena cocina. Un grupo de gente encantadora, que me ha acogido hace algún tiempo con gran gentileza, y con quienes he compartido muy recientemente una animada cena. Y como corresponde a alguien que ha escrito Placeres recuperados, me he sentido obligada a dedicarles un cuento. Lo escribí para ellas sobre la base de una anécdota real acontecida a una de sus líderes. Tal vez a su líder más destacada. Una persona especial, singular y entrañable, que me regala el tesoro de su amistad y de sus múltiples y ricas experiencias.
Para estas mujeres, con ilusión y cariño escribí el siguiente relato.

LA CARICIA DEL CACIQUE
La pradera rodea la casa como una gran alfombra inclinada, verde y brillante, ligeramente húmeda por la lluvia reciente, como acariciada por un orballo matutino, aunque sea media tarde. El sol que luce con fuerza después del chubasco, juega tímidamente con las últimas gotas de agua, pequeñas pompas relucientes, suspendidas en el extremo de las finas hojas de hierba. La multitud aparece dispersa en sentido ascendente o descendente, según el punto de mira, en el entorno amplio de la casa. Una gran casa, al menos por el aspecto exterior, en la que destaca la combinación de ricas maderas con paramentos de granito. Algo peculiar en Galicia, muy propio de una clase acomodada que conjuga modernidad y tradición con bastante acierto, pero casi siempre en lo particular y en beneficio propio.
La gente, endomingada, charla en pequeños grupos, animadamente, los paraguas convenientemente plegados y los saludos, rápidos, volando cordiales de un lado a otro del amplio espacio. Parece una reunión festiva, pero se trata de un entierro. O de los momentos previos al inicio del cortejo, que llevará al cementerio a un notable de la comarca cuyos despojos han sido velados en alguna dependencia de su casa, aunque ya casi se ha extinguido la costumbre.
Entre la gente que entra y sale del domicilio, que se detiene en la pequeña planicie de la entrada o se dispersa por la colina en que se asienta la casa, camina Ángela, bien pertrechada de elegante bolso y gran paraguas. Saluda a diestra y siniestra en voz alta, aunque mesurada, a la par que intercambia comentarios muy quedos con la amiga que la acompaña .
Ángela es un personaje en sí, aunque ella viva algo fijada en la gloria de sus ancestros. Es culta, dicharachera, viajada, tierna.... y viste siempre impecable y a la última, como demanda la tradición de su ciudad de origen, aunque ha pasado media vida en diversos lugares de Europa. Su trayectoria es tan poco común como su vitalidad, y su aura la hace visible en cualquier lugar. Tal vez por ello, demasiadas veces, huya discretamente del contacto humano para disfrutar momentos íntimos de soledad, aunque le duran poco, ya que no hay acontecimiento interesante del que no se entere ni que se pierda, ya sea cultural o social. Y en el caso que nos ocupa, participa en una ceremonia amistosa de despedida, en el adiós a alguien que ha rozado su afecto o su trayectoria. Alguien con la suficiente proyección como para atraer al acontecimiento a bastantes notables de la provincia. Ángela los conoce a todos. O casi. No importa si hay o no trato Los conoce y es conocida. No en vano hemos dicho que, se lo crea o no, y no solo por la historia que la precede, es un personaje. Pero no el único en este cuadro campestre que no es una pintura, que es una escena viva, con múltiples actores en movimiento en el que destacan diversas figuras. Aunque ninguna como la de don Camilo. Don Camilo es bajo y regordete, y por más que siempre vaya bien trajeado, no pierde cierto aire de campo. Esto no es en si bueno ni malo. Solo es una nota de su persona que sabe utilizar en su provecho tanto... como cualquiera de los dones que le ha regalado la naturaleza, y que en cuestiones de listeza y labia no son pocos. Más bien son tantos que le permiten tener a media provincia en un puño, aunque tal vez se pueda decir entera y el desconocimiento nos haga quedarnos cortos en la apreciación. Durante décadas ha ofrecido, insinuado y repartido, prebendas y favores de diverso calibre. Siempre muy inferiores a las contrapartidas recibidas. Como político avezado ha manejado presupuestos y voluntades consiguiendo la complacencia de muchos, la disculpa de algunos, y la indiferencia de una multitud. Es todo un personaje de hoy fundido en el bronce del cacique de antaño, que en este entierro o prolegómenos de tal, reparte abrazos y saludos y sonrisas a todos y todas las asistentes, sin reparar en las afinidades, porque don Camilo sabe muy bien lo que se hace en público, no en vano lleva a cuestas décadas de entrenamiento.
De modo que, precedido de sus acólitos inseparables, avanza por la pradera que circunda la casa, deteniéndose los instantes justos en el saludo, acercándose a la entrada del velatorio. En un pequeño rodeo se tropieza con Ángela. Nunca han hablado, pero eso poco importa porque que se conocen. Ambos saben quién es quién. Y también las diferencias o las afinidades que representan, y esta es la ocasión para ofrecer a su público la cara campechana y tolerante. Don Camilo se acerca y saluda efusivamente a Ángela, cambia con ella las oportunas palabras de cortesía, excediéndose intencionadamente en los segundos, y antes de proseguir su ruta, ante la toda la concurrencia que no pierde detalle, se despide del otro personaje del modo más entrañable. Sonriente, levanta su mano derecha, que por algo es del todo y en todo diestro, y suavemente le palmea las posaderas con un cariñoso y tierno azote.
--¡hale, adiós!
Ángela disimula abriendo el bolso, buscando algo tal vez inexistente en el interior. Su amiga refunfuña algo así como “quién es este para tocarte el culo”. El publico está mirando ya hacia otro lado y una carroza fúnebre se acerca a la casa poniendo una mancha oscura en el entorno verde, mientras el sol sigue jugando con las últimas gotas de lluvia reciente, que se empeñan en mantenerse al filo de las hojas, siempre finas y largas, de la hierba que no ha sido aún hollada por los asistentes.
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María Jesús González Vázquez. AUTORA.

Para las integrantes del tertulia del Liceo de Ourense.
Con reconocimiento y cariño.
Ourense 8 de enero de 2009

sábado, 10 de enero de 2009

PRETENDÍA ESCRIBIR SOBRE ASUNTOS PLACENTEROS...



Cuando comencé este Blog no esperaba incluir en el tantos lazos negros. De alguna manera deseaba convertirlo en un lugar de comentarios literarios, poéticos, amistosos, gastronómicos... quería dejar a un lado, o para otro lugar, reflexiones sobre temas candentes de la vida a los que ya he dedicado quizá demasiado tiempo y demasiadas líneas, y no solo, aunque también, por el riesgo de repetirme, sino por darme un respiro y por dárselo también a las personas que tienen la atención de leer lo que escribo.
Creo que todas las personas tenemos diferentes facetas personales que mostramos más o menos según las circunstancias, y estoy convencida de que el aspecto más lúdico de mi persona es el más oculto y el más contenido, y quería mostrarlo. Sé, además, que mi afición literaria es más desconocida que mis inquietudes feministas, y también deseaba haberle dado prioridad, además de hablar de mi último libro publicado, Placeres Recuperados, como hacen –y muy bien –todos los escritores y escritoras: promocionar su propia obra.
Pues bien, no he sido capaz. Una vez más los hechos de la vida han tirado de mí obligándome a escribir también aquí, al hilo de los acontecimientos, sobre el drama que sigue pesando sobre las mujeres por el hecho de serlo: la violencia y la muerte.
Y me habría gustado despedir el 2008 sin el horror de los últimos asesinatos de congéneres en diciembre, sin contabilizar 70 víctimas de la violencia de género. También habría querido iniciar el 2009 sin el brutal asedio sobre Gaza, caminar por el recién nacido enero sin el espanto de tantos cadáveres de niños y niñas, de civiles inocentes, de palestinos desgraciados cuya masacre no puede silenciar sin vergüenza ninguna persona de bien y menos bajo el paraguas de ideologías progresistas. Querría haber empezado 2009 con un atisbo de esperanza respecto a la situación que viven las Mujeres Afganas -por citar solo algunas de las más desdichadas- y poder hacer más alegre esta primera entrada del Nuevo Año, pero me resulta imposible sustraerme a tanto sufrimiento humano, callarme ante tanta brutalidad, ante tanta injusticia, ante tanto silencio cómplice, dejar de ser una vocecilla más clamando en el desierto de la indiferencia, de las luces festivas y de las compras, y de las lamentaciones sobre la crisis de quienes apenas la padecen. Pero sin duda, para eso, tendría que haber nacido de nuevo.
De modo que empiezo este año dejando aflorar mi rostro más serio, la congoja de mi alma ante tanto dolor humano, y el sueño de respuestas posibles que no se otean, pero que demando con toda la exigencia que me pide el sentido de la responsabilidad social que no renuncia a ser prioritaria en mis planes.
Así que el rumbo de mi Blog tampoco va marcarlo mi voluntad ni mis intereses este nuevo año. No tengo claro su itinerario, pero aún así, espero poder ofrecerle a quienes me siguen espacios más relacionados con su titulo. Tal vez el próximo.

lunes, 8 de diciembre de 2008

QUE LA SANGRE NO OCULTE LAS HERIDAS


La única forma de prevenir la lacra de la violencia de género es desarrollando la Igualdad. Los avances legislativos y las esferas de actividad conquistadas por un amplio sector de mujeres no pueden llamarnos a engaño. El trabajo no está concluido. La igualdad real está en mantillas y esto no puede simplificarse reduciéndolo a la esfera de lo doméstico. Es toda una cultura, una concepción de la vida, la que se tambalea y cuyos cimientos se resquebrajan cuando las mujeres deciden convertirse en dueñas de su destino; cuando asumen su libertad y responsabilidades de forma semejante a sus equivalentes humanos. Un fenómeno de consecuencias sociales económicas y emocionales de una magnitud no valorada en toda su dimensión.
La construcción de la Igualdad es un proceso conflictivo, una situación donde la fractura y el caos están presentes como elementos inevitables de una crisis, de la descomposición de un orden viejo, cuyo final alumbrará otra concepción de la vida y nuevos roles para hombres y mujeres.
La dificultad de este proceso está mostrando su lado más doloroso y también más llamativo, tal vez el freno intuido como más contundente para detener la carrera de las mujeres en pos de su propia libertad: la violencia de género, que incluye tanto los diversos tipos de maltrato como la muerte.
La sangre es demasiado llamativa y es difícil no posicionarse cuando mana de las heridas infligidas por el maltratador. Pero incidir solo en este hecho, aislándolo a la hora del combate, puede ser una trampa de difícil y lenta salida. Podemos ser un buen número poniendo voz a la condena de la violencia, y uno bien exiguo a la hora de arrimar el hombro para erradicar las causas. La sociedad se alarma pero no está identificada con las víctimas. Incluso la alarma es pequeña: la violencia de género ocupa el puesto número 23 en el orden de nuestras preocupaciones, está muy lejos de producir la reacción necesaria y más aún de generar la implicación indispensable para trabajar en las raíces y desarrollo del fenómeno, a fin de prevenirlo y erradicarlo.
La violencia con resultado de lesiones o de muerte solo es el final de un grave proceso de discriminación y minusvaloración social de las mujeres, que antes de los golpes ya han sido psíquicamente maltratadas por sus compañeros. Es el síntoma más grave de una enfermedad crónica, que requiere un tratamiento de gran calado: una serie de actuaciones educativas tanto regladas como no formales que complementen y se enmarquen en todo el avance legislativo conseguido, una serie de medidas correctoras de la discriminación y de las cargas que lastran su desarrollo personal o profesional. Es así como se construye la igualdad, como se cambian hábitos y actitudes, como se educa en otro concepto de relación humana entre diferentes sexos. Pero esto conlleva una pérdida de prerrogativas ancestrales y genera una resistencia cuyo alcance y riesgo empezamos a conocer y debemos prevenir. Porque el peligro acecha, también, a las mujeres que se implican en el esfuerzo transformador de una sociedad que permite injustas desigualdades con sus congéneres, que mira hacia otro lado o se disculpa con otras ocupaciones cuando se trata de erradicar una lacra tan vergonzante como la violencia machista que no cesa. Las amenazas y el insulto, preludios de mayores peligros empiezan a llegar organizadamente a sedes de asociaciones y a líderes feministas. Son también las manifestaciones más llamativas de una resistencia latente que se ejerce, más solapadamente, en muchos ámbitos sociales desde hace mucho tiempo con las mujeres dedicadas a esta causa.
La construcción de la Igualdad es un proceso duro y solo está en sus comienzos: ¡no nos equivoquemos! La justicia y los hospitales no evitan que muchas mujeres acaben en los cementerios. Hay que llevar a cabo una ingente tarea intermedia.¡Pongámonos todas y todos a ello!


jueves, 20 de noviembre de 2008

AGRADECEMENTO A UN OURENSAN ILUSTRE


Do xeito que eu entendo, do xeito que eu falo, quero ser unha mais que se suma a tua homenaxe. ¡GRAZAS MARCOS!
Tengo conocimiento, desde la distancia, de la próxima publicación de tu libro de historia sobre Ourense. También del homenaje que mucha gente, conocedora de tu gran labor investigadora, y de tu esfuerzo dinamizador de la cultura, quiere y va a hacerte.
Tengo el propósito de acompañarte ese día en el acto del Liceo, aunque también percibo dificultades que me lo pueden impedir. En cualquier caso, el pensamiento y el sentimiento tienen menos trabas que el cuerpo para salvar las distancias, y de algún modo, aunque sea invisible, te acompañaré para agradecerte que ese afán dinamizador cultural tuyo me haya permitido presentar mi libro, Coincidimos un tiempo, hace años en el Liceo de mi ciudad de origen, de nuestra querida ciudad. También por haberme invitado a tomar parte en la lectura homenaje a Carlos Casares, con hermosos textos en gallego, que me permitieron la emotiva vivencia de sentirme de verdad vinculada a la cultura de mi tierra, en mis estancias, siempre cortas en comparación con mi deseo, en Ourense.
Nuestros contactos han sido escasos pero suficientes para ser productivos culturalmente hablando, y de un valor emocional indescriptible para mi. Suficientes también para poder valorar tu gran contribución a la viveza intelectual de una ciudad maravillosa y todavía tan desconocida en todos sus aspectos.
En mis próximas visitas, como otras veces, no dudo que nos encontraremos de paso por las enlosadas rúas de nuestra amada ciudad, como parte que somos, de un modo u otro, do xeito posible, de la vida que late en ella.

lunes, 3 de noviembre de 2008

¡COBARDES!


Una vez más tengo que abrir una entrada de luto y tratar este tema que me avergüenza entristece y atemoriza ¡Y no me voy a callar!
Solamente se callan las personas cobardes que ven lo que pasa y se empeñan en pasar de largo y mirar hacia otro lado, en hablar de otra cosa. Pero yo no voy a guardar silencio y, además, voy a llamarles cobardes a la cara a quienes se denominan personas de bien y no se solidarizan con las victimas de la violencia. Cobardes quienes lo dejan pasar esperando que un eterno cambio generacional lo solucione. Cobardes los colectivos que no se pronuncian, las asociaciones de mujeres que no utilizan la fuerza de su representatividad para solidarizarse con las víctimas. Cobardes todas las que se esconden bajo el ala de una discreción falsa, para no protestar contra cada caso de asesinato de sus congéneres. Las que callan para no disgustar a los familiares o amigos. Cobardes los hombres que no expresan vergüenza y repulsa por el comportamiento de los asesinos y maltratadores de mujeres.
¡Cobardes, cobardes, cobardes! Los púlpitos desde los que no se les condena.
Hoy, tres de noviembre, a la hora en que escribo ya hay tres mujeres muertas a manos de hombres.
Aún no me había recuperado del impacto de la lapidación de una niña de catorce años en el tercer mundo, cuando en este país unos muchachos matan a una compañera de Instituto y un adulto a dos mujeres. ¿Habrán escuchado estos sujetos, alguna vez, palabras de condena de la violencia en su medio próximo?
Apostaría a que se sienten héroes. Pero no sería así si la repulsa de tales conductas fuese una constante en su entorno.

viernes, 31 de octubre de 2008

Pensando en Milan Kundera: SOLO SE APEDREA AL ÁRBOL QUE TIENE FRUTO


¡Calumnia que algo queda!
Esta frase la pronuncia casi siempre quien la sufre, porque quien daña no suele proclamarlo. Pero el hecho se produce con frecuencia aunque la palabra haya caído en desuso. Ahora se dice desprestigiar, que origina resultados parecidos pero no tiene la contundencia sonora ni semántica del verbo calumniar. Sin embargo se calumnia, con el desprestigio y el dolor consiguientes.
Recientemente me he visto involucrada en una serie de acontecimientos, que aún siendo totalmente normales, me han recordado conductas y hechos insidiosos de tiempos tal vez lejanos, pero muy próximos en el sentimiento y el recuerdo. Imágenes disfrazadas de gracejo y simpatía deslizando frasecitas de apariencia intrascendente cargadas de veneno, indisponiendo, con la sombra de sospechas, a personas que jamás habían tenido entre si problemas ni desacuerdos. El empeño de ir tras las huellas de trayectorias impecables para sembrar de sal su puerta. La facilidad y la ligereza en aplicarse sin peso de la conciencia en torcer itinerarios de gente integra y de buena fe. Y lo que es peor, distorsionando e incluso destruyendo su imagen, tal vez su único bien o el más preciado, un daño psicológico muy grave y difícilmente reparable.
En fin, ¡nada nuevo bajo las estrellas! pero cuando el fenómeno roza nuestras vidas lo advertimos en toda su realidad, en toda su crudeza. También pensamos o escribimos según las vivencias o las noticias y en este caso las últimas refuerzan las primeras y me animan a sacar a la luz algunas reflexiones.
Por noticias me refiero al artículo del director del Nouvel Observateur, que aparece traducido en las páginas de un periódico nacional, sobre las calumnias sufridas por Milan Kundera. Pese a que el gran escritor dice que “su único universo es la novela”, pese a su discreción y su silencio y su talento, o quizá por todo ello, no ha logrado evitar la calumnia.
En el desarrollo y comentarios de Jean Daniel sobre el brutal intento de desprestigio del escritor, aparecen muchas afirmaciones con las que me identifico, que refuerzan las que, quizá por ello, me atrevo a sacar a la luz, en ese afán de quienes escribimos de comunicar ideas, inquietudes y sentimientos. Afán que lleva implícita la fe en que se producirá la captación. En que hay receptores idóneos, personas que comparten importantes valores.
Milan Kundera se refugia en una vida discreta, dejando solo su obra al arbitrio de cualquier juicio. Pero ni su actitud, ni “los desmentidos”, como dice Jean Daniel y personalmente comparto, que se produjeron sobre la insidia vertida sobre el escritor, podrán evitar todas las sospechas: esa es la perversidad de la calumnia. Por eso, cuando alguien se ve en la indefensión que produce, se lamenta diciendo “calumnia que algo queda”.
Los efectos son algo que conocen, en todo su alcance, quienes la practican. Tienen en su haber ciertas agudezas que compensan su falta de brillantez, de altura intelectual y de la ética indispensable para merecer el lugar que tal vez pretenden.
Milan Kundera tuvo una actitud ingenua, como otras personas menos relevantes inmersas en situaciones un tanto similares: optar por el retiro, la discreción y el silencio. Daniel dice: “tuvo la ingenuidad de creer que la discreción y el silencio le protegían”.
Personalmente, a la luz de las experiencias vividas, soy totalmente participe de esa opinión. Ni el retiro ni la discreción ni el silencio de una persona la protegen del desprestigio deliberado que se siembre sobre ella. Tampoco siempre se cumple el dicho de que”el tiempo pone a cada uno en su lugar”, la vida no es tan justa.
Pero no quiero terminar estas reflexiones sin ningún atisbo de esperanza. Y el guiño puede ser el contenido de una hermosa frase con la que alguna vez me topé y tengo apuntada aunque haya olvidado su autoría, porque puede apuntalar la autoestima personal, tan tocada cuando alguien se siente desprestigiado; frase que da titulo y cierra estos comentarios: solo se apedrea al árbol que tiene fruto.

domingo, 26 de octubre de 2008


AQUÍ TODAS SOMOS ANÓNIMAS
Se puede sentir o practicar la solidaridad de muchas maneras: pública o privadamente, en grandes y en pequeñas cosas. La vemos, aunque no a gran escala, colándose, temerosa de estorbar, en el río turbulento del acontecer cotidiano, aunque no le prestamos la atención necesaria. También se la puede encontrar en un momento inesperado, en un lugar imprevisto, en una mirada desconocida. Puede durar un instante, pero siempre deja un poso placentero, una sensación maravillosa de haber topado con un gran ser humano, de sentir una breve caricia en el alma o un bálsamo en la herida mal curada que casi todos y todas portamos. No hace falta que se produzca un acto heroico ni un vistoso o discreto sacrificio ni nada que convierta o nos convierta en portadores de medallas. Puede bastar un gesto, una frase o una palabra cargada de sinceridad que conecte con la carencia de otras almas. Un gesto puede entristecernos y también reconciliarnos por un tiempo con la vida. Un gesto o una palabra, tan poca cosa, sirve para mucho cuando sabemos utilizarla. Cuando contiene sentimientos solidarios produce un efecto placentero en quien lo prodiga y en quien lo recibe. Pero solo cuando expresan un sentir auténtico. Cuando no es puro teatro. Porque de actitudes superficiales, falsamente simpáticas, está llena la vida, y solo sirven para pasarla sin mayores roces pero no tocan el alma.
Mientras mi mente barrunta mil recuerdos y al hilo de estas reflexiones, se me ocurre que podría narrar un hecho, que bien pudiera servir de ejemplo de lo que intento transmitir. Algo así como un pequeño cuento. Helo aquí.
Dos buenas amigas, que no se han visto durante meses, quedan una tarde. Salen juntas y hacen lo que a ambas les gusta: un poco de escaparateo, alguna compra para sí o para los suyos y, sobre todo, la merienda con charla. Escogen un rincón libre de humo, apartado y tranquilo. Solo hay dos mesas pequeñas y desocupadas, es casi un reservado. Durante un rato solo entra y sale la camarera con la comanda y el servicio. Hablan tranquilas. En un momento dado entra una joven rubia con bolso y carpetas y ocupa la mesa de al lado. Ellas bajan en lo posible el tono. La miran a hurtadillas pero parece atenta y concentrada en sus papeles. Ajena a sus vecinas que acaban olvidando su presencia.
En los meses pasados cada una de las amigas ha vivido su drama: la lucha contra la enfermedad innombrable de la que, una de ellas es una vez más, superviviente. Lo hablan, quieren celebrar su última victoria, pero la otra mujer está afectada por graves pérdidas de gente muy querida y por fracturas familiares, y aunque le echa arrestos y humor, como de todo hablan, en un momento llora. Pero también hay cosas gratas. Y ambas brindan por lo poco bueno que les pasa y se dan ánimos, y programan encuentros frecuentes, ahora que se encuentran de regreso de una ausencia larga. Hay cariño y tristeza y rastros de esperanza y bromas en su larga charla. A la chica de la otra mesa la han olvidado. Miran la hora y toman conciencia de que es la recomendable para volver a casa. Se levantan recogiendo bolsos y chaquetas, dispuestas a marcharse, pero una voz agradable, suave, les hace girarse
_Hasta luego, y muchos ánimos, que los necesitamos las tres.
Se vuelven y ven de pie a la joven rubia que las mira con afecto. Es una mujer hermosa, rozando la treintena, de bellos y enorme ojos claros, levemente humedecidos. Va bien vestida pero resulta discreta, tanto que en el rato que las amigas pasaron cerca apenas se percataron más que del color de su pelo. Y sorprendidas las dos exclamaron casi a la vez.
_ Ánimos... ¡tú tienes que tenerlos! eres joven y guapísima.
Ella presionó suavemente el brazo de la más próxima, las miró con enorme simpatía.
_Ser guapa no es importante.
_ Has oído nuestras penas. No hemos podido evitarlo. Pero eres joven. La juventud tiene más tiempo por delante. Te deseamos lo mejor.
La joven está conmovida. Todas están conmovidas y un extraño lazo parece convertirlas en aliadas, en amigas. Es como si un ángel se posara entre las tres acariciándolas amigablemente con sus alas. La joven roza con sus dedos los hombros de ambas mujeres, como en un intento contenido de abrazarlas.
_Tampoco pude evitar escucharlas. ¡Muchos ánimos para las tres! Los necesitamos.
_ Nos esforzaremos, y no importa que nos hayas oído. Ya nos vamos y, además, aquí... ¡todas somos anónimas!
Este pequeña historia relata un momento verídico entrañable, donde una joven mujer, con sus penas a cuestas, con sus luchas internas con la vida, tapadas por su bella presencia, sale de su dolor para prestar atención al de dos mujeres mayores desconocidas. Se solidariza y se lo expresa.
Tal vez hay que vivir algo así para entender la emoción de un momento tan sencillo en apariencia. Tal vez esta autora no sepa contarlo en todo su significado. Pero tal vez alguien lo capte y lo valore. Ahí queda.